Pues esto era un matrimonio de pescadores que vivía a orillas del rio Tiétar. El pescaba en el río con su barquita y ella escabechaba los peces y los iba vendiendo en los mercados por los pueblos de la zona.
Ya eran mayores y vivían solos porque no podían tener hijos con lo poco que sacaban de la pesca.
Un año los peces se fueron del río, cada día era más difícil sacar algo no ya para vender, sino para llevarse a la boca.
Cada día el buen pescador, tenía que subir un poco más el río, alejándose más y más para pescar definitivamente muy poco.
Un día el pescador llegó a la junta de un gran río con el Tiétar. Dejó su barca y siguió aquella garganta por ver si pescaba algo. Así que se llevó solo su trasmallo y su caña de pescar.
Anduvo rió arriba mirando bien por ver si veía siquiera algunos cachuelillos, pero nada. Así que siguió río arriba hasta llegar a un charco grande, con una islita rocosa en medio en la que crecía un enorme aliso.
Era un buen lugar para descansar y comer un poco de queso que llevaba con pan de dos semanas.
Se sentó a la orilla del charco y estando dando cuenta de su merienda, le pareció ver como un destello en el agua, como una luz, como si un pequeño sol nadase entre las aguas de aquel sombrío lugar. El pescador se asustó y se quedó muy quietecito sin mover ni un pelo. Y entonces volvió a ver otra vez ese rayo luminoso como una centella, que parecía ir de un lado para otro, como las luciérnagas en la noche.
El pescador que era hombre muy experimentado, tras el susto, se fijó bien y vio que era la trucha de oro que todo lo sabe.
Había oído hablar mucho de ella. Su abuelo estuvo a puntito de pescarla una vez y en su casa se contaba siempre la historia del abuelo. Ahora la tenia él a su alcance, así que preparó la caña y con mucho sigilo la tiró el anzuelo, dejándolo justo enfrente de su hocico. La trucha cayó el en engaño. La tenía
La trucha no era muy grande, como un zapato de quinto más o menos, pero era toda de fino oro. El pescador no cabía en sí de contento que estaba, por fin había pescado algo y ni más ni menos que a la trucha de oro. Pero al quitarle el anzuelo, la truchilla llorando, le suplicó que la devolviera al agua.
El pescador no daba crédito, la trucha hablaba.
El le dijo que no podía devolverla al río, que le hacía falta el dinero y que si patatin y que si patatan. Pero la trucha insistía con más fuerza, suplicándole por su vida, diciéndole que era muy pequeña y que ni siquiera daría para el pescador y su mujer, que la dejara crecer y cuando fuera más grande que la pescara, que en un charco un poco más arriba, había todavía los últimos barbos que bien podría pescar en vez de a ella.
Tanto insistió, que al final el pescador la devolvió al río. Subió al charco donde efectivamente había un buen puñado de rollizos barbos a los que pescó hábilamente.
Su mujer le estaba esperando para cenar con unas sopas de ajo y cuando vio el cestillo con los barbos se alegró mucho y asó un par de ellos para cenarlos esa noche con su marido. Los demás los escabechó.
Y estando cenando y el pesador le contó a su mujer lo de la trucha de oro y que ella le dijo dónde pescar. Que la había soltado porque le dio mucha lástima de ella. La mujer se enfadó muchísimo con él, le llamo de todo menos guapo. Que cómo había podido dejar escapar una oportunidad como esa, que ahora serían ricos y cosas así. Pero el pescador le quitaba importancia al asunto diciendo que era muy pequeña y tal. Pero la mujer no entraba en razones se puso como una fiera y se enfadó con el pobre pescador.
A los pocos días salió de nuevo a pescar con su barca río arriba. Pero nada, que no pescaba nada. Subió y subió hasta llegar a la junta de aquella garganta que bajaba derechita de la sierra.
Regresó al charco en el que pescó a la trucha de oro, pero esta vez subió con mucha más cautela. Teniendo mucho cuidado en no hacer ruido ni dejarse ver, se agazapó hasta que la luz del sol empezó a irse. Entonces puso su trasmallo y esperó a que apareciera la trucha de oro.
Al rato, y por segunda vez tenía presa en la red a la trucha.
La sacó del agua y al quitarle el anzuelo de la boca, la trucha le empezó con la misma retahíla de la otra vez, suplicándole que la devolviera al agua.
El pescador le dijo que no podía devolverla al río, que lo sentía mucho, pero que si lo hacía su mujer le mataría. Que se la tenía que llevar a casa sí o sí.
Entonces la trucha como vio que todo era verdad y que no la iba a quedar otra más que acabar en la cazuela. Le pidió que le diera su palabra de hacer lo que ella le dijera, y el pescador le dio su palabra. Entonces ella le dijo:
«Como me habéis de comer, tienes que quitarme la piel y enterrarla en la cuadra debajo de la yegua. La cabeza se la das a comer a tu perra alana. Las aletas las pones encima del escaño. Con las espinas haces un caldo que has de guardar en dos botellas de transparente cristal al menos una noche entera. Y el resto os lo coméis tu mujer y tú»
Te doy mi palabra, dijo el pescador, y se la llevo a casa.
Su mujer cuando la vio, daba saltos de alegría y chillaba como una chichicabra estampaná. El hombre le dijo que le había dado su palabra a la trucha, de hacer lo que ella le había indicado. Su mujer preguntó qué era eso de lo que había dado palabra y cuando se lo contó, se burló de él diciendo que de buena gana iba ella a enterrar las raspas de oro, o a dárselo a la perra, que de eso nada. Pero al final la convenció diciéndola que qué más le daba a ella, que a la mañana siguiente bien podía desenterrar las pieles, coger las aletas del escaño, esperar a que echara la cabeza la perra alana, y sacar las espinas del caldo.
Así que así lo hicieron. Tras la cena se fueron a la cama y se echaron a dormir.
A la mañana siguiente pasó algo asombroso. En medio de la cama amanecieron con dos hijos que habían tenido durante esa noche. Los dos niños eran iguales como dos gotas de agua. El matrimonio no se lo podía creer, por fin tendrían no un hijo, sino dos. Cuando abrieron la puerta de la cocina entró la perra alana con otros dos cachorros igualitos.
Los pescadores no se lo podían creer. Pero no termina ahí la cosa, pues cuando fueron a echar cebada a la yegua esta había parido dos potrillos también idénticos y al irse a sentar en el escaño para tomar un poco de aliento, ante tanto milagro, vieron que no podían hacerlo porque estaba lleno con las armas, escudos, mayas de acero, hachas, y todo lo que tiene que tener un buen caballero, pero multiplicado por dos. Dos espadas iguales. Dos escudos iguales. Dos armaduras iguales y así todo.
También fueron a ver el vasar en el que habían dejado los dos tarros con el caldo de las espinas. Pero nada, ahí no había nada. Con todo decidieron dejarlo tal y como estaba.
Y menos mal que no los rompieron. Al poco se dieron cuenta de la virtud que encerraban.
Fue un día que uno de los dos hijos se cayó de una higuera. La madre se dio cuenta que una de las dos botellas, el blanco caldo, se puso de color rojo como la sangre. Y es que ese era el poder de los tarros. Avisaban de que algo iba mal cuando uno de ellos se ponía rojo. O los dos, como cuando les dio el sarampión.
Y así fueron creciendo todos los gemelos, cada vez más fuertes y sanos, mientras que sus padres cada día se hacían un poco más ancianos. Hasta que un mal día se murieron.
Los dos hermanos al verse solos y sin padres, pensaron que qué iban a hacer con sus vidas, y aunque no tenían ni idea de lo que hacer, los dos tenían muy claro que no querían ser pescadores, así que cogieron sus caballos, sus armas y armaduras, sus perros alanos y un tarro de cristal, cada uno el suyo. Y se fueron a correr mundo y buscarse la vida.
Anduvieron mucho y en algunos lugares incluso llegaron a quedarse algunos días, pero siempre terminaban yéndose a otro lugar más lejano. Hasta que un día entrando en una aldea muy bonita, con una montaña muy alta y encima lo que parecía ser un hermoso castillo, uno de los dos hermanos se fijo en una moza que lavaba con un grupo de amigas en el lavadero.
Con la escusa de estar un poco cansado, convenció a su hermano para quedarse al menos un día en aquella aldea. El otro que no era tonto, le siguió el juego y se fueron a buscar posada y cuando la hallaron, con la escusa de ir a ver los caballos, regresó al lavadero dónde estaba esa linda moza lavando lozana.
Cuando llegó al corrillo, como para hacerse el gracioso y entablar conversación con las mozas, no se le ocurrió otra cosa más que decirlas: «Muy buenas tengas ustedes ¿Es que se vende vino aquí?»
Las mozas se miraban unas a otras haciendo caras de asombro y miraban a ese forastero bien plantado, pero que las preguntaba algo que no tenía ni píes ni cabeza.
De entre todas las mozas una de ellas le respondió: «¿Y eso a qué viene?»
Y el otro la salta: “Hombre yo como he visto tanto pellejo junto”
La que se lió. Echaron mano de los gorrones y se liaron a pedradas con el gracioso. Pero mira tú como son las cosas, la moza más bonita, la que le había encandilado desde el mismo momento en que la vio, era la hija del mesonero donde se hospedaban. La misma que había atinado con una pedrada en toda la cabeza, haciéndole una buena chichirigaña. A la niña le dio pena y se la curó, y así poco a poco, con el trato, se fueron conociendo y enamorando cada día más y más.
Un día le dijo a su hermano que se quería casar y quedarse a vivir en aquella aldea. Al otro le pareció muy bien, pero él quería seguir el camino. Se dieron un abrazo muy grande y se cambiaron los tarros con el caldo mágico. Así si uno de ellos estaba en peligro, el otro se enteraría al ver como el caldo se pone rojo, e iría en su auxilio.
Y así lo hicieron. El que se quedó, se casó, y el que se marchó pues se marchó.
Todo iba bien, hasta que un día, el hermano que se había casado y quedado en aquella bonita aldea, se levantó de mañana y mirando vió en lo alto de la montaña un precioso castillo. Mirándolo con curiosidad le pregunto a su mujer:
«Que bonito debe ese castillo, ¿Cómo se llama?. Como me gustaría subir hasta ahí arribota. ¿Cómo se va a él. «
A lo que la mujer respondió, como si la pregunta de su marido la incomodara:
«¿Ese castillo de ahí en alto? Ese es el castillo de irás pero no volverás. No debes ir allí nuca. No hay camino para subir hasta allí. Y los que han ido, jamás han vuelto. Así que ni se te ocurra siquiera el pensarlo. Dime que no vas a ir, dame tu palabra.»
El muchacho pues le dio su palabra, pero con la boca chica, en el fondo algo le decía que tenía que subir allí arriba.
Pasaron unos días cuando con la escusa de ir a cazar jabalíes, salió muy temprano con su caballo, su perro y todas sus armas en dirección al misterioso castillo. Tras mucho bregar con la maleza del monte llegó a las puertas del castillo. Y allí sentada a un lado de la puerta, había una anciana mujer peinándose una larga trenza.
Anciana que no era tal, sino una bruja, pero eso el chaval no lo sabía.
El mozo la dio los buenos días y ella le respondió. Le pregunto dónde iba y el la dijo que quería entrar en el castillo. Entonces la anciana dojo que no podía entrar en el castillo sin antes pelear con ella y vencerla.
El chaval no se lo podía creer. ¿Cómo se iba a pegar con una anciana? Pero ella insistía, poniéndose de pie en medio de la puerta desafiante.
Está bien lucharemos, dijo el mozo. Entonces la anciana le dijo:
«Sí, pero antes toma este pelo de mi trenza y ata bien a tu caballo y a tu perro alano con él»
Y arrancándose un larguísimo pelo, se lo dio al mozo para que atase a los animales. El mozo así lo hizo. No le hacía falta ni su perro, ni su caballo ni siquiera sus armas para vencer a la anciana, se bastaba con sus brazos. O al menos eso era lo que él creía.
Comenzaron a pelear y al principio el mozo las tenía todas consigo, pero poco a poco aquella anciana se revolvía con más fuerza, dando zarpazos como una osa. Tal fue así, que en medio de la batalla, el mozo empezaba a cansarse y la anciana cada vez parecía más y más fuerte y fiera.
Los dientes de su boca ya no eran dientes eran cuchillos. Y las uñas de sus manos, más parecían navajas afiladas.
Tan apurado se vio, que llamó desesperado a su alano y a su caballo para que le ayudaran, pero la anciana bruja lanzó un sortilegio diciendo:
«Pelillo de la mi trenza. Como la seda dorada. Vuélvete un soga dura, que no puedan desatarla.»
Y el fino pelo, se convirtió en una fuerte soga que no dejaba ni al perro, ni al caballo con las armas, desatarse y ayudar a su amo.
Así que la bruja al final le venció cortándole la cabeza de un tajo con una sola uña.
Aquella noche su mujer lo esperó en vano. Sabía que cuando iba a cazar jabalíes, solía estar en el monte uno o dos días como mucho, así que se echó a la cama y a dormir.
Pero el hermano gemelo, tenía por costumbre antes de irse a dormir mirar el tarro con el caldo de pesado para comprobar que su hermano estaba bien. Y aquella noche el caldo no estaba de color blanco, estaba de color rojo sangre. En ese mismo momento supo que algo no andaba bien, que a su hermano le pasaba algo malo, muy malo.
Aquella misma noche recogió todo deshaciendo el camino que había hecho, hasta llegar a la aldea donde se casó su hermano.
Nada más llegar se fue al mesón y pidió algo de beber. Cuando de repente una hermosa mujer se acerca a él en jarras, poniéndole a caer de un burro, preguntándole por unos jabalíes. Entonces comprendió que aquella debía ser la mujer de su hermano, que le había confundido con él.
El se hizo el remolón y la siguió el juego, con tal de saber que le había pasado a su hermano.
A la noche, cuando llegó la hora de dormir, el hermano gemelo puso entre los dos su espada. Su cuñada, que seguía creyendo que era su marido. Le dijo:
«Hay que ver lo tonto que estás hoy. Pareces otra persona. ¿Y ahora para que pones tu espada entre los dos?. Tú no estás bien, a tí te pasa algo.
«No mujer. Es que he hecho una manda que le estoy haciendo a la Virgen»
Ella estaba muy cansada, y dejó la cosa ahí. Se echaron cada uno en su lado de la cama con la espada en medio hasta la mañana siguiente.
Cuando el mozo se despertó, se acercó a la ventana que daba justo al Castillo de Irás y no Volverás, donde mataron a su hermano. Pero como él nada sabía, le preguntó a su cuñada:
«Mujer qué es ese castillo de arriba, como se llama.»
La otra que creía que la estaba tomando el pelo, respondió;
«¡Madre de Dios hermoso! ¿Pero tú estás tonto? ¿Cuantas veces hay que decirte a ti las cosas? Si te lo dije justo antes de salir de caza. Me diste tu palabra de no ir nunca, porque los que han ido no han vuelto.
Estás muy raro marido, estas muy raro.»
El se quedó callado, se puso la ropa, y cuando nadie le vio, salió de la aldea hacia aquel castillo.
Cuando llegó vio el perro, el caballo y las armas atados con una fuerte soga al tronco de una enorme encina, y en la puerta del castillo a la bruja trenzándose el cabello.
El mozo no dijo nada. Se bajó del caballo y se fue a la puerta derechito, pero la anciana se le puso en medio, como a su hermano, impidiéndole el paso.
«¿Adónde vas?»
«Voy al castillo a buscar a mi hermano»
«Tu hermano está en dos salas del castillo. Pero si quieres entrar primero tienes que pelear conmigo y vencerme.»
El mozo se quedó muy sorprendido. Algo no le olía bien, pero aceptó con tal de entrar en aquel castillo.
Justo antes de pelear, la bruja con la escusa de igualar fuerzas, le pidió que atara al perro y al caballo con un pelo suyo.
Este cogió el cabello, pero como era más astuto que el otro, en vez de atar a las bestias, lo que hizo es como si anudase el fino pelo dejándolo realmente sin atar. Y se pusieron a pelear.
Cuando la bruja empezaba a ganar, el muchacho llamo a su perro y a su caballo para que le ayudasen.
«Mi buen caballo, mi fiel alano venir a socorrer a vuestro amo»
Pero la bruja respondió diciendo:
«Pelillo de la mi trenza. Como la seda dorada. Vuélvete un soga dura, que no puedan desatarla.»
Y el fino pelo se transformó en una dura soga. Pero como no estaba anudada, tanto el perro como el caballo fueron a ayudar a su amo, y entre los tres mataron a la bruja. Entonces abrió la puerta del castillo y entró en él.
Para su sorpresa en el castillo solo había dos salas. Pero eran dos salas enormes, con techos altísimos, que ocupaban todo el castillo.
Cuando abrió la puerta de una sala, vió con espanto que por todas partes colgaban como morcillas de matanza, cientos de hombres y mujeres sin cabeza.
Cerró corriendo esa puerta y abrió la otra. Y en la otra sala solo había cabezas, cientos de cabezas, y entre esos cuerpos y esas cabezas estaba su hermano.
Lo buscó y rebuscó hasta que encontró su cabeza y su cuerpo. Le sacó las mantecas a la bruja y con ellas volvió a juntar la cabeza con el cuerpo, devolviendo a su hermano a la vida.
Luego, entre los dos, fueron untando con la manteca el resto de cabezas pegándolas una a una, con mucho cuidado de ponerle a cada una su cuerpo, y de ponérselas al derecho y no al revés, imaginaos el fastidio de tener que andar con la cabeza al revés.
Cuando terminaron de pegar todas las cabezas, volvieron muy contentos a la aldea, canturreando una coplilla que decía:
“Ya se murió la culebra, la que estaba en el castillo. La que por la boca echaba, víboras, sapos y grillos”.
Su mujer al verlos no daba crédito. Creía que estaba borracha, que veía doble. Se frotaba los ojos cuando los venir la calle arriba a su marido por duplicado, con los mismos perros y con los mismos caballos.
«Madre mía de mi vida. Tengo que estar borracha, pues no te veo doble marido mío»
Los dos hermanos se bajaron del caballo y le contaron todo a la sorprendida mujer. Ella cuando supo lo sucedido, se echó a reír. «Ahora lo entiendo todo», dijo, por eso cuñado, pusiste la espada en medio de la cama y te comportabas como si no nos conociésemos de nada.
De no haberla puesto hubiera creído dormir con mi marido, pues sois como dos gotas de agua. Es imposible diferenciaros.
«Eso era antes» -dijo su cuñado- ahora si nos puedes distinguir.
Y desabrochándole los botones del cuello de la camisa a su hermano, señaló la marca que había quedado en el cuello al pegarle la cabeza al tronco.
«Mira ves, tu marido tiene una marca y yo no. Ya no somos como dos gotas de agua»
Desde entonces marido y mujer fueron felices y el otro gemelo también, pues se quedó a vivir con ellos en la misma aldea, casándose con la hermana menor de su cuñada.





