Cuentan que hace mucho, vivía a media legua de la aldea de los Llanos una sanadora muy vieja con una niña que se había encontrado la noche de San Juan, en las aguas del arroyo Avellanea (el arroyo, entonces no tenía nombre). Estaba metida en una canasta de castaño y corcho.
La leyenda del Venero Gallito
La vieja vivía en un chozo, cerca del río Arenal, rodeada de enormes moreras y se mantenía de lo que recogía en el monte, lo que sembraba y lo que le daban sus cuatro gallinas y el gallo; también recibía regalos de las gentes que sanaba, que le pagaban cada cual con lo que podía. Y así, entre unas cosas y otras, ella se iba manteniendo.
Pero ahora ¿cómo iba a sacar adelante a esa niñita que se encontró en el arroyo?
Por eso, lo primero que hizo la vieja mujer, fue preguntar en la aldea de los Llanos, si alguien había perdido una criatura. Pero nada, allí nadie sabía nada, ni habían perdido nada. Recorrió los pueblos de toda la comarca preguntando. Y tampoco halló a nadie que hubiera perdido una niña. Finalmente, decidió quedarse con ella y criarla como si fuera su propia hija.
La sanadora, tenía la facultad de curar huesos, roturas, tercianas, calenturas y todo tipo de males; también se entendía con las plantas y los animales. Habló con una cierva que estaba criando a su cervatillo, para que amamantase a la niña y la cierva la amantó lo mismito que a su cervatillo.
La segunda cosa que le preocupaba era ¿qué nombre la pondría?
Y pensó en muchos, pero ninguno le gustaba; mientras, como tenía hambre, agarró un puñado de avellanas que tenía por allí y se acordó de la noche en que encontró a su hija, mientras recogía plantas para hacer medicinas y un cesto de avellanas, de los muchos avellanos que dan sombra al arroyo. Cogió una, la más gordita y mirando el interior blanco de la avellana, «blanca y dulce carita de la niña», dijo en voz alta: “Avellanea, la llamaré Avellanea”.
Y con ese nombre de Avellanea se quedó.
Los días fueron pasando, y tras ellos las semanas, y después los meses y los años. Y Avellanea se criaba fuerte, guapa, lista, generosa, y buena. Muy buena. Por eso la vieja sanadora, pensó que estaría bien enseñarle a su hija las artes de la sanación y el lenguaje de las plantas y los animales. Y así lo hizo.
Poco a poco, le fue enseñando a curar huesos quebrados, tendones entumecidos, chichirigañas, etc.
Una vez que la enseño a hablar con ellos, le dio sus últimas y más importantes lecciones:
Saber escuchar las cosas que dicen los animales y a las plantas
Cosa que no tardó en aprenderse al dedillo, superando en algunos casos a su propia madre y maestra. Muchos eran los hombres y mujeres de todas las edades, que acudían a ella a que les curase. Incluso curaba a los animales.
Un día, Avellanea, estaba jugando debajo de una morera cuando algo le llamó la atención.
A su lado vio pasar un animalillo que no había visto nunca, y del que tampoco había oído hablar a su madre. ¿Qué era eso?
Era algo así como un ratoncillo, pero no era un ratoncillo. Y parecía que estaba cegato, pues iba dando trompicones y chocándose con todo. Además, en vez de tener las patas finas buenas para correr de los ratones, éste tenía las patas grandes y palmeadas como las de los patos.
Le siguió con la vista hasta que el animalillo se perdió entre la espesura. Y ahí se quedó la cosa, hasta que al rato oyó unos pequeños lamentos y sollozos que venían del mismo sitio por donde el raro animalillo se había ido.
Aquellos llantos lastimeros, llamaron la atención de Avellanea, acudiendo a toda prisa a ver qué pasaba. Cuando llegó al lugar de donde venían los lamentos, no dio crédito a lo que se encontró.
Un grupo de envalentonados ratones “coloraos”, había rodeado al extraño animalillo cegato y torpe, burlándose con saña de él.
Avellanea se enfadó muchísimo. No iba a permitir que se burlasen, ni que se metieran con el pobre animalillo, por ser ciego y patoso. Así que tras echar una buena regañina a la turba ratonil, cogió al pobre ratoncillo ciego, lo metió en la faltriquera y se lo llevó con ella al chozo.
Avellanea consoló al triste animalillo, y lo dio un dedal de aceite, otro con miel y unas miguillas de pan duro. Mientras el ratoncillo se comía todo, Avellanea pensaba qué podía hacer por su amigo, para que los demás animalillos le dejasen en paz. Y dio con la solución.
A la mañana siguiente, después de lavarse bien la cara y las manos, Avellanea llevó a su amiguito a un arenal a orillas del río.
Una vez allí le puso sobre la blanda arena y le dijo que cavara un túnel. El cegato animalillo que sobre la tierra era torpe, al ponerse a cavar, Avellanea descubrió que era muy rápido y sobre todo muy diestro cavando túneles. El animalillo estaba tan contento al demostrar lo bien que se le daba cavar, que sin darse cuenta en un ratillo, hizo varios túneles largos, oscuros y profundos.
Cuando salía del último con la lengua fuera, pero con una sonrisa enorme en su carita peluda, Avellanea hablando el lenguaje de los ratones le dijo así:
“¿Ves?, eres el mejor haciendo túneles, ninguno de los otros ratoncillos lo hacen mejor que tú. Ahora que ya sabes cavar, cada vez que vengan esos mamarrachos para burlarse de ti, te metes o cavas un túnel y los dejas con un par de narices”.
El animalillo así lo hizo. Cada vez que venían a molestarle, este cavaba un profundo y largo túnel. O se metía por alguno de los muchos que había hecho por todas partes, dejando a todos los demás detrás.
En poco tiempo, pasó de ser el hazmerreir de los ratones al ratón más famoso de la comarca. Incluso unos cuantos ratoncillos se hicieron amigos íntimos de él, cavando juntos túneles y más túneles, por aquí y por allá. Incluso le salió novia, con la que se casó y tuvo muchos hijos.
Desde entonces a este grupo de mineros, nadie los volvió a llamar ratones, todo el mundo les llamaba y conocía con el mote de “Los Cavadores”. Menos al pobre, al animalillo ciego, a ése como no tenia nombre, Avellanea le puso Topo de nombre, porque cuando se ponía a cavar, se llevaba “to”por delante.
Desde entonces, todos sus descendientes fueron conocidos como topos, aunque hablasen el mismo lenguaje que los ratones. Y así quedó la cosa, y los días siguieron pasando uno tras otro, al son de las hojas y el viento.
Otro día, viniendo Avellanea de hacer no se qué encargo de las Ferrerías (la actual Ramacastañas), al pasar por la Tablá, oyó los quejidos de un águila real, que estaba dando respingos detrás de un carquesal.
Se había roto un ala al ir a coger una liebre. Avellanea habló con él, y se le llevó al chozo, donde lo sanó.
Lo cuidó durante varias semanas, hasta que el águila pudo volver a volar de nuevo. Desde entonces, cada vez que la niña salía de casa a hacer cualquier cosa, el águila real alzaba el vuelo, volando por encima de la cabeza de Avellanea y vigilando cada paso que ésta daba.
No iba a permitir que nada malo le pasara. Además, el águila real que todo lo ve, le indicaba dónde estaban los espárragos más gordos y tiernos o dónde se criaba la fruta más madura, dónde recoger las setas más sanitas o también la indicaba dónde brotaban las fuentes más frescas y limpias, algo que era muy importante, sobre todo en el rigor del verano, cuando el agua escasea en los Llanos y la que hay esta calentorra y estancada.
Sin el agua limpia y fresca ya se sabe que no hay vida.
Y así fue creciendo Avellanea feliz en su mundo, rodeada de todos los animalillos y plantas, con los que jugaba, hasta que un buen día, cuando cumplió quince años, su vieja madre con la excusa de que la ayudara a pelar unas buenas perdices para hacerlas a la “chitacayando”, le dijo de esta manera:
“Avellanea, hija mía: Hoy me he encontrado con Ferrer Ferrero, y me ha pedido que te diga si quieres trabajar para él en su casa en la Aldea de los Llanos. Sólo irías a trabajar un día sí, y al otro día no. Desde el canto gallo, al atardecer. No nos vendrían mal unas perrillas.»
Se hicieron unos segundos de silencio, que a ambas les parecieron horas. Avellanea se quedó con cara de tonta mirando fijamente a los ojos de su madre. Ambas sabían que Avellanea estaba deseando ir a la aldea de Los Llanos y conocer a más niñas como ellas, con las que jugar, y aunque con la mirada se lo dijeron todo, Avellanea le respondió :
¡Anda pues si!, nos vienen bien esas perras, sea. Dígale usted madre a Ferrer Ferrero, que cuándo empiezo a trabajar en su casa.
Sin dejar de mirarse a los ojos, la una a la otra, siguieron a lo suyo como si nada y tras la cena se echaron a dormir.
Al día siguiente la vieja sanadora sacó de un arca un pañuelo de lana y un alfiler de plata. Se lo prendió a su hija, y la dijo:
“Esta toquilla y este alfiler me lo dio mi madre. Y a mi madre se lo dio su madre y así desde hace muchos, muchos años. Ahora es tuyo, hija mía, es lo mejor que tengo, para la persona que más quiero. La toquilla está hecha con lana de cabras monteses y lince, por lo que nunca te mojarás. Y si te ves en peligro te envuelves en ella y te quedas quieta en medio del monte, ya que de esta manera nada ni nadie te verá. Te harás invisible. Y este alfiler de plata tiene la ventura y el poder de que todo lo que prende, no se desprende jamás»
Avellanea se puso la toquilla, se la prendió con el alfiler para no perderla y salió del chozo derechita a la casa de Ferrer, en aldea de Los Llanos, acompañada de su madre. Iba más contenta que unas castañuelas, con su toquilla y su alfiler camino de la aldea.
No las costó mucho llegar, ya que la casa de Ferrer era la más grande y bonita de toda la aldea. Toda de piedra, con varias alturas y la mejor madera en barandas y solanas. También había un pozo en el huerto, que en el verano como los demás pozos (pocos) de la aldea, se secaba.
La vieja llamó a la puerta, preguntando por Ferrer. No tardó en abrirse de par en par invitándoles a entrar al gran zaguán de la casona.
Allí estaba Ferrer, se sentaron en el escaño para tratar las condiciones del trabajo. No sólo ajustaron las perras que iba a cobrar Avellanea por servir en su casa. Había algo que era mucho más importante para la anciana. Bajo ningún concepto pasaría ni una noche fuera de su chozo. Llegaría a primera hora a su trabajo, pero se marcharía a casa antes de caer el sol.
Al buen hombre le pareció todo bien, a la vieja también, así que se dieron la mano y cerraron el trato de buena gana. Avellanea se quedó fuera sentadita en el poyo que había al quicio de la puerta, mirándolo todo con sus redondos ojos.
Al regresar a casa, la mujer no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Algo le decía que todo había ido bien, pero algo le olió mal, aunque no sabía muy bien que era. Sabía que esas cosas que ella sentía, solían suceder en realidad.
En estas llegaron al chozo, donde mientras ponía un puchero con unas alubias, le iba contando a su hija todo lo que había hablado con el bueno de Ferrer.
La niña asintió a todo, cenaron, y al día siguiente Avellanea bien tempranito, se prendió la toquilla con su alfiler de plata, y se fue a su nuevo trabajo en la aldea de Los Llanos.
La vieja no le dijo nada a su hija del mal presentimiento. Pero la dijo que la tenía que contar todo lo que le pasara, viera o escuchara en aquella casa. La niña le dio su palabra. Lo mismo hizo cuando su madre la hizo jurar por lo más sagrado, que acudiría todas las noches a dormir al chozo con ella. Avellanea se lo juro y perjuro mil veces.
Avellanea echó a cantar caminito adelante, acompañada por su inseparable amiga el águila que la vigilaba desde lo más alto del cielo.
No tardó en llegar a los arrabales de Los Llanos. De camino por las callejas, salían hombres y mujeres a la puerta y ventana para saludarla y la decían cosas como estas:
Buenos días Avellanea, ¿cómo estás?
¡Que bueno verte por aquí
Si te hace falta cualquier cosa, aquí tienes tu casa niña.
¿ Donde va la niña más bonita de la dehesa?
Saluda a tu madre de mi parte.
Avellanea sonreía y respondía a todo el mundo con bonitas palabras. Por eso, como era tan buena y como a todo el mundo le hacía favores, todos la querían.
Cuando llegó al umbral de la casona, no la hizo falta llamar a la aldaba, ya que allí, como estacas, la estaban esperando el amo de la casa Ferrer y una niña más o menos de la edad de Avellanea. Era Gertrudis, la hija de Ferrer.
Ferrer Ferrero era el dueño de las cercanas minas de hierro de la Tablá y Castañarejo, por lo tanto el más rico de la aldea. Pero lejos de abusar y pavonearse de sus caudales, siempre estaba dispuesto a ayudar a cuantos acudían en busca de socorro. Por eso, además de ser el más rico, era el más querido por todos los pobladores de Los Llanos.
Se había quedado viudo con una niña de cabellos rojos como el fuego. Su mujer murió en el parto, y desde entonces su hija se convirtió en lo más importante de su vida, dándole todos los caprichos que se la antojaban.
Caprichos y consentimientos que hicieron de Gertrudis una niña altanera, caprichosa: vamos, una mal educada que solo pensaba en sí misma.
Una vez, después de celebrar el bautizo de un primo suyo, mandó a unas sirvientas de noche con un candil, a lavar los cacharros al río; y ¡pobre de la que se dejara llevar por la corriente un cazo, o a la que se le rompiese siquiera un vaso! ¡Pobre de ella!
Avellanea, nada más verla, sintió los mismos malos augurios que su madre había sentido el día que cerró el trato con Ferrer y también se lo calló. Y tampoco le dijo nada de esto a su madre.
Nada más poner los pies en la casa, Ferrer le dijo a Avellanea, que se sintiera como si estuviera en su propia casa. Que lo único que tenía que hacer, era jugar y entretener a su querida hija Gertrudis. Lo que no le dijo, es que ninguna niña de la aldea quería jugar con ella por su mal genio y altanería sin medida, todo lo contrario de Avellanea, a la que todo el mundo quería.
Así que tras decir esto, Ferrer las dejó solas y se fue a sus asuntos. No tardó Gertrudis en dar órdenes a Avellanea sin parar;
«Avellanea tráeme esto»
«Esto no, lo otro ¡que torpe eres!»
«Ahora vete a por lo otro»
«Ahora vamos a jugar a …»
Y así todo el día, que si ayúdame a ponerme este vestido, que si quítamelo y ponme este otro; ahora péiname, ahora vamos a jugar a los alfileres, que le lavara la ropa y se la planchara… Por suerte para Gertrudis, la enorme paciencia de Avellanea, su buen carácter y el hecho de que accedía a todas sus ordenes sin rechistar, fueron suficientes como para sobrellevar la situación.
Avellanea que no tenía un pelo de tonta, poco a poco iba ganándose la confianza de Gertrudis y la del padre, que también cayó rendido ante la naturaleza encantadora de Avellanea.
Gertrudis se encolerizaba cuando su padre le hacía halagos, regalos y demás muestras de afecto a aquella niña pobre, salida de un cestillo que flotaba en el río. Los celos la corroían por dentro, le comían las entrañas. Hasta tal punto que llegó a odiar a la pobre Avellanea con todo su ser.
El cariño de su padre era solo para ella y aunque era su luz, su ojito derecho, Gertrudis cegada por la envidia, llegó a creer que su padre quería más a Avellanea que a ella. Y esto la atormenta por el día, sin dejarla dormir por la noche.
Celos que escondía en lo más hondo de su negro corazón, urdiendo una trama para deshacerse de su rival, sin que nadie sospechase nada.
Así que de repente, un día, Gertrudis en vez pasarse el día mangoneando a la pobre Avellanea, empezó a tratarla con cariño y respeto. Avellanea pensaba que se había dado cuenta que tenía que cambiar su mala actitud, que estaba cambiando para bien.
Hizo mal en confiarse ya veréis por qué lo digo.
Gertrudis, fingiendo estar muy afligida, se echó a llorar delante de Avellanea sin motivo aparente. Avellanea asustada se acercó a ella, y cogiéndola por los hombros, la pregunto qué la pasaba. Entonces Gertrudis la dice en voz bajita, que la noche anterior se había puesto su padre muy enfermo de un mal que no tenía cura. Y que tras visitarle el médico, le dijo que ese mal misterioso sólo sanaba con un emplasto hecho con el agua más fresca, limpia y unos remedios de la botica que venían de muy lejos. Pero que no dijera nada, porque lo escuchó espiando desde la alcoba vecina, sin que su padre ni el médico la viese.
Añadiendo, por si fuera poco (ya que todo era mentira), que escuchó cómo su padre dio órdenes a todos los que estaban allí, de que no dijeran nada, ni una sola palabra a nadie, ni a su hija, ni a Avellanea. Gertrudis, hizo jurar Avellanea que no se lo diría jamás a nadie.
Avellanea se quedó muda, no sabía que decir. No esperaba tan mala noticia. Además Ferrer parecía sano, y con el mismo carácter afable de siempre. Pensó que era muy buen actor y que tenía que hacer algo por él. Cuando pudo reaccionar le dijo a Gertrudis;
Pues si le sana el agua limpia y fresca, yo iré por ella todos los días. Tan solo tienes que darme una mula con las aguaderas pues las fuentes y los veneros mejores están lejos de la aldea.
Mi madre se enfadaría mucho conmigo si se enterara que salgo sola al monte, me lo tiene prohibido. La da miedo de que los lobos me coman, pues cuando tienen hambre no atienden a razones.
Aquella noche, cuando cenó y se echo a dormir en el chozo junto a su madre, su cabeza no paraba de darle vueltas y más vueltas. Y se la ocurrió una idea genial. Al día siguiente le pidió a su amiga el águila, que buscase y le indicase dónde brotaba el agua más fría y pura.
El águila subió hasta lo más alto de la sierra, recorriendo todos los riscos y venteros, hasta que encontró la mejor fuente de la sierra. Luego bajó a la dehesa y se lo dijo a la niña Avellanea y ella llamó a sus amigos el Topo y los Cavadores. Aquellos ratoncillos ciegos con grandes patas que enseñó a huir de sus enemigos, haciendo largos y profundos túneles. Y les pidió que subieran a la alta sierra, hasta el manantial que les indicase el águila, y comenzaran a cavar un gran túnel, por el que traer el agua serrana, desde lo más alto a la misma puerta de su chozo. De este modo, cada mañana no le costaría nada llenar varios cántaros con agua y llevárselos a Gertrudis para sanar a su padre.
Los cavadores no lo dudaron, se montaron encima de las alas del águila, hasta llegar al manantial, que estaba por encima de la laguna Grande, cerca de la Barrera de los Cuentos, dando vistas a la Canal de los Lobos.
Nada más llegar, se pusieron todos ellos manos a la obra, cavando y cavando sin cesar un túnel por el que llevarían la preciada agua medicinal, desde la sierra hasta el profundo valle.
Mientras tanto, cada mañana tras llegar a la casa, Avellanea iba a la cuadra, echaba unas aguaderas a la mula y salía sin ser vista por el huerto trasero, a por agua fresca a las fuentes más cercanas.
Fuentes que le señalaba el águila su fiel guardiana. Lo malo era que a medida que la primavera daba paso al tórrido verano, se iban secando más y más fuentes por todo el contorno. Teniendo que ir cada día un poco más lejos a por ella.
A mediados de agosto, ya no había agua fresca en ninguna parte de la dehesa, por lo que no tuvo otra que ir cada día un poco arriba, buscando la frescura de la altura: Hasta la fuente de Arroyo Cerezo y después a la del Arrontejo. Pero estas no tardaron en secarse. Y esto complicaba mucho la situación, ya que de dichas fuentes hacia la sierra, todo eran bosques impenetrables; o lo que es lo mismo, tierra de lobos, lugares a los que tenía expresamente prohibido ir Avellanea.
Aquella mañana, cuando llegó a casa de Ferrer y le dijo desconsolada a Gertrudis que ya no quedaba ningún manantial, ni fuente con agua fresca. Gertrudis que bien lo tenía todo planeado, montó un teatro, con grandes lamentos y lágrimas fingidas:
¡Ay! Dios mío! yo no quiero vivir. Sin agua fresca mi pobre padre morirá. Y no puedo hacer nada, va a morir, va a morir…¡ ay de mi, ay de mí! ¿Qué va a ser de mí?
Avellanea no podía soportar el espectáculo que estaba montando Gertrudis. Intentaba consolarla. Pero ésta, en vez de apaciguarse, cada vez exageraba más y más su actuación. Desesperada, al final Avellanea le dijo que no se preocupara, que ella iría a lo alto de la sierra si era preciso a por el agua.
¿Harás esto por mi?”
Le preguntó Gertrudis a Avellanea. La otra sin pensárselo dos veces, la dio su palabra. Le dijo que sí, que no le había de faltar el mejor agua a su padre.
Gertrudis entonces se abrazó a ella como la serpiente al junco cuando quiere cazar gorrioncillos, y así quedó la cosa.
Entre tanto, su amigo el topo y la cuadrilla de cavadores, ya habían hecho más de la mitad del túnel por el que bajase el agua directamente desde la sierra. Pero aún les quedaba un par de días por lo menos, para terminarlo.
Al día siguiente, al salir el sol, cuando Avellanea se vestía para ir a su trabajo pensó que era mejor no llevar la toquilla ni el alfiler, no fuera que los perdiese en la sierra y los dejó colgados de una percha en el chozo.
Cuando llegó a la casa de Ferrer, Gertrudis le hizo señas de que entrara por el trascorral. Gertrudis, se había levantado “hajañiquin” (hajañiquin, significa levantarse muy temprano y dejar todas las tareas hechas, para tener la mañana libre).
Tenía la mula con las aguaderas preparadas. Con falsas lágrimas agradeció todo lo que estaba haciendo Avellanea por su padre y le dijo que había oído decir a un arriero, que allá donde termina el bosque oscuro y empiezan a verse solo las desnudas faldas de la sierra, hay una fuente llamada La Fuente del Valle, cuyas aguas son tan puras, que de por si hacen prodigios. Sólo hay que seguir la trocha que la sierra cruzar por el portezuelo entre los Galayos y la Mira, sin salirse de ella.
Avellanea no sabía muy bien qué hacer. Ir a la sierra era muy peligroso. Muchos pastores valientes habían subido, y nunca más volvieron a bajar. Además, su madre se lo había prohibido. Pero pensó que sólo sería un día, ya que el topo y los cavadores no tardarían mucho en lograr el empeño de bajar el agua de la sierra al valle. Así que agarró la mula se montó y cogió la estrecha y serpenteante trocha que lleva a la sierra.
Cuando hubo pasado el Arrontejo, apretó el paso de la mula sujetándose bien para no caer. No tardó el bosque en cerrarla fuera del camino.
Avellanea estaba aterrada, pero seguía con determinación trocha arriba. Las enormes ramas de los vetustos robles y castaños, cubrían por completo la vista, sin poder ver, en ningún momento ni tan siquiera el cielo azul de agosto.
A media mañana Avellanea llegó a la Fuente del Valle, pero no pudo llenar los cuatro cantaritos que llevaba. De la espesura salieron siete lobos cervales con las fauces abiertas, mostrando sus brillantes colmillos, como hojas de navaja y babeando como un bueyes.
Su amiga el águila, que lo estaba viendo todo desde lo alto, intentó ayudarla, pero entre las dos nada tenían que hacer frente a siete lobos hambrientos. Así que se lanzó como un relámpago, haci a la choza para pedir ayuda a la vieja y a los aldeanos.
Primero se lo dijo a los aldeanos, pero como estos no saben la lengua de las Águilas reales, nada hicieron. Cuando llegó a la choza, allí no había nadie. La anciana mujer había salido y no sabía dónde podría estar. Así que volvió a lanzar el vuelo buscándola sin descanso.
Mientras, al pie de la sierra, en la Fuente del Valle, los lobos se comieron a Avellanea.
Sólo dejaron los pies dentro de los zapatitos y la ropa toda ensangrentada. Cuando los lobos terminaros de comerse el último dedo de la pobre Avellanea, salieron de detrás de la sierra unos nubarrones tan negros, que aun siendo de día, se hizo como si fuera de noche.
Nubes prietas que venían acompañadas de estruendosos truenos y centelleantes relámpagos, capaces incluso de hacer temblar a toda la tierra.
La anciana cuando vio las negras nubes, acercarse desde la sierra, la dio un mal barrunto. Se acordó de su hijita amada, pero se tranquilizó al pensar que estaría segura y calentita en casa de Ferrer. No podía ni imaginar lo que había sucedido. Así que se fue a casa, ya estaba cayendo la tarde.
Cuando llegó allí,encaramada en una morera, la estaba esperando el águila real para darle la mala noticia.
Cuando la anciana llegó al chozo y escuchó todo lo que el águila le había contado, entró en cólera, pues no podía creerlo. No podía creer que su hija la hubiera desobedecido. Y muchos menos que hubiera subido ella sola a la sierra.
El águila también la contó lo de la enfermedad de Ferrer y el remedio con el agua. La mujer no daba crédito a lo que oía. Era imposible, no podía concebir siquiera esa idea.
En la percha vio colgada la toquilla con el alfiler de plata prendido y entonces algo la dijo que las cosas no iban nada bien. Sin pensárselo dos veces, se fue derechita a casa de Ferrer en busca de Avellanea.
Cuando llegó y pidió ver a su hija, Ferrer que estaba en casa, se extrañó y la llamó.
Pero claro como en casa no estaba, la niña no acudió.
Llamaron entonces a Gertrudis para preguntarle dónde estaba Avellanea. Pero Gertrudis volvió a mentir, y dijo haciéndose la sorprendida, que no sabía nada de ella, que aquella mañana no había ido a trabajar. Que estaría en el campo con sus amigos los animales y que lo más seguro es que estuviese ya en su chozo.
Que se fuera y que riñera a su hija por faltar al trabajo cuando la viese y que era una vaga, y no sé cuantas cosas más le dijo a la anciana, que estalló e hizo algo que jamás había hecho: Lanzó una maldición, una terrible y cruel maldición.
Alzó los brazos al cielo, con los ojos en blanco y el pelo enmarañado, invocando a todas las fuerzas del mal. Enloquecida por el dolor de la pérdida de su amada hija. Con la voz del trueno dijo:
¡Maldita seas tú y los de tu sangre! ¡Y maldita la aldea entera! Escuchad bien todos mis palabras. Si mañana, al cantar el gallo no aparece Avellanea, no quedará de esta aldea ni siquiera una piedra encima de otra. Todos moriréis y desapareceréis tragados por la tierra.
Al terminar estas palabras la anciana se dio la vuelta, echando todo tipo sapos y culebras por la boca. A medida que avanzaba por las calles de la aldea, sus palabras retumbaban como el eco, recorrieron todos y cada uno de los hogares de los Llanos, como la pólvora.
El terror se apoderó de todos los vecinos, que recogieron sus ganados en las cuadras, y se encerraron en sus casas a cal y canto, por temor a la maldición de la vieja sanadora.
Mientras tanto y ajenos a todo lo que estaba pasando, el topo y los cavadores, estaban a punto de llegar a la puerta del chozo de Avellanea.
A la mañana siguiente, nada más cantar el gallito encima de la morera, en la aldea de Los Llanos, millones de hormigas salieron de las entrañas de la tierra, devorándolo todo. Absolutamente todo: Animales, plantas, las piedras de las paredes… y por supuesto a la gente. A toda la gente que aún dormía plácidamente en sus casas.
En poco más de una hora, no quedó señal alguna de la aldea. Las hormigas habían arrasado con todo. Bueno con todo menos con la iglesia por ser suelo sagrado. Iglesia, cuyas ruinas aún se pueden ver nada más cruzar el río, a la bajada de Las Quinterías. Allí se refugió un pastorcillo resguardándose aquella terrible noche y mañana, cuando iba de camino a no sé dónde.
Esa misma mañana, cuando el gallito cantó al sol. Al tiempo que las hormigas arrasaban la aldea. En la puerta del chozo de Avellanea empezó a brotar un caudaloso venero, de aguas frescas y limpias tanto en invierno como en verano. El Venero Gallito.
Este venero sigue manando incesante, a la vera del río Arenal, bajo la sombra de una gran morera, ofreciendo su frescura en medio de la dehesa boyal arenense. Único lugar dónde saciar la sed en el estío, en varios kilómetros a la redonda. Eso si, las hormigas nunca más volvieron a aparecer de esa manera.
Y la aldea nunca más volvió a ser habitada, quedando maldita. Y si no me creéis, no tenéis más que subir a la laguna por la Plataforma. Allí, casi al llegar a lo más alto, desde dónde se ve a lo lejos la laguna Grande de Gredos, junto al camino, está la fuente de Los Cavadores. Llamada así, en recuerdo del topo y los cavadores que hicieron el túnel hasta lo más profundo del valle, hasta la puerta de la choza de Avellanea, a la sombra de una enorme morera, en la dehesa de Los Llanos.
En el venero Gallito, dónde bebe mi morena,
Y el agua se va llevando, sus suspiros y mis penas
Sus suspiros y mis penas, la corriente va llevando
Lo deja a la orilla el mar, donde se embarca en los barcosFin.




